The Hellstown Post: La ley de los caídos (cap. 10)
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domingo, 29 de enero de 2017

LA LEY DE LOS CAÍDOS (cap. 10)


Permanecieron allí abajo hasta última hora de la tarde, sin decirse prácticamente nada más el uno al otro. Cuando se sintieron más recuperados ‒especialmente Morel‒, decidieron salir y acercarse a algún sitio de las inmediaciones para asearse y cambiarse de ropa. Así pues, cogieron el coche y circularon en dirección al centro de Leganés, que era el núcleo urbano más cercano y donde seguramente los Centinelas no concentraran mucha atención. Cuando empezaron a ver comercios y bares, aparcaron frente a una tienda de ropa y esperaron el momento justo para entrar sin que los viera mucha gente. Tenían que servirse de la capacidad de Morel de nublar el juicio de los mortales y la de Blix de interferir los aparatos electrónicos para no dejar recuerdos ni grabaciones, pero cuanto menos tuvieran que usarlas, mejor. Así que Morel, una vez en la tienda de ropa, después de que las dos dependientas y tres o cuatro clientes que estaban allí en ese momento se quedaran boquiabiertos al verlos entrar ‒él ensangrentado y con los pantalones hechos jirones, Blix salpicada de sesos‒ y alguno sacara el móvil para llamar a la policía, tuvo que esmerarse para obnubilarlos sirviéndose de un cuento chino.

Al final todo quedó como la cosa más normal del mundo: un accidente de coche ocurrido «aquí al lado» que, cómo no, exigía un rápido cambio de ropa, un lavado de cara, y listo. Blix tuvo que cambiar su ropa por unos vaqueros limpios, una camiseta negra y una chaquetilla ligera; Morel escogió un traje después de mirar varios, ninguno de los cuales le gustó ni era exactamente de su talla, así que al final se resignó a llevar uno que le quedaba ligeramente pequeño y le tiraba de hombros. Se lavaron cara, cuello y brazos ‒y Morel, como pudo, las piernas‒ en el pequeño lavabo de la trastienda, que las dependientas gentilmente les dejaron usar; después Morel pagó todo en metálico y se largaron de allí dejando a los testigos comentando la curiosa escena que acababan de contemplar y que no entendían del todo ni recordarían nítidamente, como si todo hubiera sido un sueño compartido.

A continuación, comieron algo en un bar cercano, para reponer fuerzas. Mientras daban cuenta de sendas cañas y pinchos de tortilla, Morel explicó la secuencia a seguir. Tenían que ir al guardamuebles a ver qué abría la llave, pero antes necesitaban saber con quién se la estaban jugando para evaluar las posibilidades de que todo fuera una trampa. Parecía haber dos bandos enfrentados ‒con ellos en medio‒, por lo menos hasta donde las cosas le resultaban claras: por un lado, la Autoridad, que parecía querer atraparlos vivos ‒para eso habían enviado a Santamaría, quien desde luego no era un asesino‒, y por otro los sicarios que debían limpiar toda huella en relación a la mercancía que vendía Moznik, empezando por éste y siguiendo por el propio Morel. La cuestión era quién enviaba a éstos. Y tenía que ser alguien de dentro, de la Autoridad, para tener acceso a la información de la detención; pero sería una facción que maniobraba a espaldas del resto. Ahí era donde Morel se perdía. Necesitaban la mercancía como seguro ‒Morel tembló al pensar que Moznik había pensado eso mismo‒, pero también saber quién andaba tras ella y cubría sus huellas de manera tan eficiente. Y el único paso que quedaba por dar, en ese sentido ‒y el más peligroso‒, era buscar al tal Oliveira, el comprador de Moznik, para apretarle las clavijas; o por lo menos saber algo de él, porque seguramente estaría ya a buen recaudo o bajo tierra. O incinerado, más bien. Tenían que averiguar si seguía vivo, y para quién trabajaba, y por qué no apareció en la reunión de la Cueva. Blix se limitó a encogerse de hombros, expresando un resignado «lo que tú digas».

Desde allí se fueron directamente al centro de Madrid. Blix conducía, y Morel le daba indicaciones. Tenía una idea de por dónde empezar a buscar a Oliveira. Su destino era el Club Empresarial, en la zona de Banco de España, donde Morel conocía a un tipo, un empresario medianamente importante del que sabía cosas como para que no se negara a contestar a ninguna pregunta. En cosa de media hora sería la hora del cierre, y ese tipo iba allí a menudo y permanecía hasta última hora, tomándose un brandy y charlando con otros prebostes de la ciudad, así que esperarían en el coche, en una calle colindante desde la que controlaban la entrada, a ver si había suerte y salía. Durante la espera permanecieron en completo silencio. Blix preguntó a Morel si le importaba que pusiera música, y él le dijo que no, así que sintonizó una emisora en la que ponían rock. Mientras sonaba de fondo una selección de cortes clásicos de rock de los 60 y los 70 ‒que es lo que al parecer gustaba a Blix‒, Morel dejó que su mente vagara un rato. Necesitaba desconectar, y estar rodeados del bullicio del centro le venía bien para eso, para aislarse. En ningún lugar puede hacerse mejor que en el centro de una gran ciudad.

Estaban en el epicentro de la zona monumental e institucional de Madrid. En un radio relativamente pequeño ‒se podía llegar a todos los sitios andando‒ se encontraban los monumentales edificios neoclásicos del Banco de España, el Instituto Cervantes, el Círculo de Bellas Artes y por supuesto el Palacio de Comunicaciones, actual sede del ayuntamiento, y la Fuente de Cibeles. Por no hablar de los no menos espectaculares edificios de varios importantes bancos, oficinas ministeriales y autonómicas, el Casino de Madrid, y cómo no, la iglesia de San José y el célebre edificio Metrópolis, uno de los iconos arquitectónicos de la ciudad. Era una zona privilegiada, a dos pasos de la Puerta del Sol y con el Barrio de las Letras a sus espaldas, la mayor concentración de bares y restaurantes de Madrid. Era una ciudad maravillosa; a Morel siempre le había encantado, con todos sus defectos, con su caótico urbanismo, con la masificación y las prisas y el estrés; habiéndola visto crecer, le parecía un hogar en cuya construcción él hubiera participado de algún modo, a lo largo de las décadas, aunque en realidad sólo hubiera sido testigo mudo de todo, desde las sombras perpetuas que los suyos ocupaban.

La noche había caído hacía un rato y las luces bañaban las fachadas de aquellos magníficos edificios, de aquella arteria de la animada vida de la capital. Morel deseó de corazón vivir lo suficiente como para disfrutar un poco más de los pequeños placeres que la ciudad le procuraba: tabernas, teatros, jardines, librerías de viejo… Cuando se ha vivido tanto ‒y con una memoria que guarda cada instante con una nitidez absoluta‒, los recuerdos son extremadamente variados, están mucho más dispersos que los de un mortal, y pesan mucho. Todo está sentimentalmente muy cargado. Se dice de los caídos más viejos, los que llegan a cumplir varios siglos, que empiezan a sentir una profunda indiferencia, un aburrimiento que finalmente les lleva a buscar la muerte; con el tiempo, todas las experiencias se desdibujan y parecen iguales, ninguna novedad sorprende ya ni proporciona aliciente alguno. Pero Morel estaba muy lejos de eso, y joder, quería vivir. Ansiaba cumplir muchos, muchos años. Le gustaba su vida, aunque sabía que, tal y como la había conocido, se había acabado ya, nunca la recuperaría. Se preguntaba, y sentía cierta congoja al hacerlo, qué podría salvar de aquella vida a la que tanto se había acostumbrado.  

Pero estaban de suerte. No había pasado la media hora cuando vio salir al empresario, del cual algo le había contado a Blix durante la espera. Se llamaba Gerardo Godoy, y era un acaudalado constructor sexagenario que vivía de los contratos públicos. A base de sobornos para conseguirlos, tenía una extensa agenda con nombres de políticos muy influyentes de la administración regional y estatal; era de los que van a bautizos y bodas de gente importante y regalan coches a cónyuges de concejales y le consiguen bolos a la banda pop de mierda del sobrino de un ministro, y cosas por el estilo. Lo que se dice un tipo bien relacionado, de esos a los que mucha gente influyente debe favores. O sea, alguien con poder. Pero es que Godoy tenía algo que lo hacía distinto de otros depredadores de su ecosistema, algo que le había ayudado a llegar a lo más alto: estaba iniciado en el reservado mundo de los caídos. Tiempo atrás había sido presentado a miembros de la comunidad, necesitada de contactos relevantes entre los mortales, no todos los cuales pueden ser sus siervos; también tiene que haber mortales libres y bien situados que faciliten el contacto entre ambos mundos. A estos contactos mortales se les gana poco a poco, con mucha cautela y después de tantearlos mucho tiempo, siempre escogiendo entre candidatos muy selectos (Godoy había salido de la Antigua y Reconocida Logia Masónica Géminis, nº 12, del Rito Escocés, donde había varios miembros de los Herederos y de los Portadores, siempre atentos a todo). Se les deja muy claro que conocerán ciertos secretos ante los que deberán mostrar una discreción y una lealtad absolutas, bajo pena de muerte. A cambio de esa discreción y lealtad, y por supuesto, de los favores que deberán hacer, su éxito en la vida estará asegurado; los caídos, dada su longevidad, actúan siempre a largo plazo, y eso cubre fácilmente varias generaciones de mortales que se verán beneficiadas.

Godoy se acercó a un Mercedes CLA de lunas tintadas que se había detenido minutos antes frente a la puerta del Club Empresarial. Morel, que se había cambiado al asiento de atrás, le dijo a Blix que arrancara y se pusiera detrás del otro coche. Lo hizo justo cuando Godoy iba a abrir la puerta. Morel bajó la ventanilla.
‒¡Eh, Godoy! ‒le dijo, y cuando Godoy vio quién era, mostró un rictus de desagrado. No era alguien a quien le apeteciera ver; su presencia, y además de aquella manera, sólo podía significar malas noticias. Por otro lado, como mortal que era (un mero instrumento de los caídos), no tenía por qué estar al tanto de la persecución que se librara en las calles de la ciudad.
‒Morel. ¿Qué haces tú aquí?
‒Quería hablar contigo unos minutos. Charla de viejos amigos, nada importante. ¿Por qué no subes?
Godoy dudó. No le hacía ni pizca de gracia subirse con ellos.
‒Tengo ya al coche aquí, Morel. ¿No puede ser en otro sitio, en otro momento? Sabes que mi tiempo es oro.
‒Sí, recuerda que yo sé muy bien en qué empleas tu tiempo. Sólo serán cinco minutos, Godoy. Sube ‒y le abrió la puerta, en señal de invitación, echándose al otro lado.
Godoy miró a los lados, sintiéndose indeciso. Le dijo algo a su chófer, dio una palmada en el techo del Mercedes, y éste arrancó. Acto seguido se sentó junto a Morel. Aquel sitio no era bueno para quedarse quietos, y acercarse a Godoy podría haber hecho saltar alguna alarma, así que éste le dijo a Blix que arrancara también y que circulara sin rumbo fijo, siempre por avenidas o calles amplias.

‒¿Qué tal va todo, Godoy?
‒Venga, no me jodas con cortesías. ¿Qué coño quieres?
‒Sólo un poco de información y te dejamos donde tú quieras.
‒¿Qué información?
‒Hay un tío al que no conozco, uno de los nuestros que se dedica a hacer negocios…  especiales, ya sabes. De ésos. Lo único que sé de él es que tiene relaciones en el Club Empresarial, pero quisiera saber más.
Godoy se mostraba impaciente.
‒¿Cómo se llama?
‒Oliveira.
Godoy se puso blanco y su aspecto arrogante de empresario que habla a todo el mundo como a un empleado al que puede despedir con un chasquido de dedos se vino abajo. Había cosas que sabía que estaban claramente por encima de su nivel. A Morel le llamó poderosamente la atención que ésta fuera una de ellas. Si la mierda en la que ese Oliveira estaba envuelto había llegado a oídos de un mortal como Godoy, seguramente no quedaba nadie en Madrid que no estuviera pringado.
‒¿Qué pasa con él? ‒preguntó Godoy.
‒Eso pregunto yo: ¿qué pasa con él?
El orondo empresario se recompuso rápidamente, pero un casi imperceptible temblor del labio inferior a Morel le valía por todos los polígrafos del mundo.
‒Hace tiempo que no sé nada de él.
‒No me jodas tú a mí, Godoy, que sabes que conmigo no cuela.
‒De verdad que no…
‒Te estoy dando la oportunidad de contarme por las buenas algo que me sea útil, hombre, en honor a nuestra vieja amistad.
‒¿Qué amistad ni qué cojones?
‒Mira, el último par de días no ha sido de los mejores que he tenido, ¿sabes?, y estoy dispuesto a lo que haga falta para que mi racha cambie cuanto antes. Aun así, podemos hacer este paseo tan agradable todo lo largo que tú quieras. Por mí no hay problema. Tarda en hablar todo lo que quieras. ¿Para cuánto tiempo da la gasolina? ‒preguntó, dirigiéndose a Blix.
‒Medio depósito. Da para mucho.
‒Excelente.
‒Vamos a ver, Morel, cojones, que sabes que yo te contaría lo que quisieras. Ya lo he hecho otras veces, y te he dado cosas importantes. Pero es que me estás pidiendo mucho.
Godoy sudaba la gota gorda, aunque en el coche no hacía calor.
‒¿Por qué es tan importante este tío? Nunca había oído hablar de él. ¿Es un recién llegado a la ciudad?
‒No…
‒¿Entonces?
‒Tú eres un caído, éstos son asuntos vuestros, ¿no deberías saberlo tú?
‒Pues no, no lo sé, no me cuentan todo. Aunque no lo creas, en este mundo la información no corre como el agua. ¿Qué hay del tal Oliveira?
‒En realidad no es nadie importante. Es un don nadie.
‒Pues parece haberse convertido en un vip de la noche a la mañana. ¿Qué pasa, que canta muy bien o algo así?
‒De verdad, Morel, yo no quiero meterme en esto, yo…
‒¿Por qué es tan peligroso hablar de alguien tan poco importante?
‒Si te digo algo me van a joder vivo, por favor, deja que me baje.
‒A estas alturas ya habrás adivinado que eso no va a pasar. Pero no tienes nada que temer. Nadie sabrá de dónde salió la información. Soy una tumba. De hecho, como no me des algo bueno, lo voy a ser literalmente, así que deja que insista en que quiero información. Ya.
‒No importa que tú no hables; ellos lo controlan todo… seguro que me han visto subirme al coche contigo ‒y miraba por la ventanilla, como si en el coche que circulaba en paralelo hubiera alguien vigilándolos.
‒No controlan a todo el mundo a la vez, eso es imposible. Y te lo digo yo que conozco la organización desde dentro. Hay que crear esa ilusión de que sabes cada cosa que ocurre, pero luego hay un montón de lagunas, de secretos, de facciones que no se cuentan cosas entre sí, y en realidad por eso estamos aquí.
‒¿Y cómo es que tú no tienes acceso a esa información? ¿Por qué tienes que recurrir a mí?
‒Bueno, digamos que ahora soy un freelance. Mi relación con la Autoridad está siendo… revaluada.
‒Hostia puta… tú no estarás metido en el asunto, ¿verdad?
‒Pues si me dices cuál es ese asunto sabré responderte.
Aunque con aspecto absolutamente resignado, Godoy hizo un último intento, con expresión casi pueril:
‒No, de verdad que yo no…
‒Sí, tú sí. Venga, habla.
‒No quiero que me liquiden ‒se llevó la mano al cuello de la camisa y se aflojó el nudo de la corbata.
‒Me disgustaría tener que emplear esa carta, amigo mío, pero sabes que lo que sé de ti es peor que acabar muerto. Piensa en tu mujer y tus hijas.
Godoy se quedó con la mirada perdida en el infinito, pero su expresión se distendió, como cuando alguien sabe que es inútil ofrecer resistencia porque todo está ya perdido y se deja llevar.
‒Bueno… tampoco es que sepa mucho, en realidad. Oliveira no es nadie. En serio. Es un simple testaferro.
‒¿De quién?
Godoy hizo una breve pausa y trago saliva antes de responder, como si pronunciar ese nombre fuera su sentencia de muerte:
‒Balaguer.
‒¿Balaguer? O sea, que son los Marqueses los que empezaron todo esto.
‒No lo sé… no creo…
‒¿Y eso?
‒Verás… yo no sé de qué va este asunto… en serio, no lo sé. Pero sí sé que Balaguer se ha estado sirviendo, y mucho, de Oliveira, de un simple fiel, y…
‒Un momento, un momento: ¿Oliveira es un mortal?
Los fieles son los mortales introducidos en el mundo de los caídos, como el propio Godoy. A diferencia de los siervos, cuya voluntad está anulada y son esclavos en la práctica, los fieles tienen una relativa libertad y obtienen algún beneficio de esa relación, si bien su vida depende de saber guardar el secreto.
‒Claro, ¿no lo sabías? Lo daba por hecho.
‒Yo creía que era un caído nuevo en la ciudad, y que por eso no lo conocía.
‒No, nada de eso, es un tío de aquí, un hombre de negocios. Pero siempre ha estado metido en cosas muy turbias. Y ahí está la cosa… yo dudo de que los Marqueses, siendo como son, tengan en nómina a semejante personaje. Está pringado en chanchullos muy, muy sucios. Y va por ahí hablando siempre en nombre de Balaguer.
‒O sea, que no es un fiel de la Autoridad, sino solamente de Balaguer.
‒Eso creo. Le ha llevado ciertos negocios que no iban por los canales habituales. Todo siempre envuelto en mucho secretismo.
‒¿Qué tipo de negocios?
‒Nunca lo supe a ciencia cierta, pero por lo que he oído, importaciones.
Morel abrió los ojos.
‒¿Importaciones?
‒Sí, cosas chungas, de las que no le hacen gracia a los vuestros: trata de blancas, armamento militar, todo eso.
‒Ya… ‒Morel intentó juntar todas las piezas en su cabeza‒. Y es un mortal. Por eso no lo conocía, claro. No puedo estar al tanto de cada lacayo de Madrid. Sin ofender.
Fingió no haberlo oído:
‒Es un tipo joven, muy ambicioso. No le importa tomar atajos para llegar rápidamente a lo más alto.
‒No como tú, ¿verdad, Godoy?
Éste lo miró con la indiferencia de quien se sabe por encima de calificativos morales.
‒¿Y dónde está ahora este pájaro?
‒No se sabe nada de él desde hace tres días. No asistió a varias citas que tenía, y nadie ha conseguido ponerse en contacto con él. Hay quien se ha mostrado preocupado por él. Personalmente, asumo que está muerto, y no me gustaría acabar como él ‒le dijo, implorándole.
«Tres días. Justo. La primera noche que Moznik fue a la Cueva», pensó Morel.
‒Necesito saber cómo es, por si me sirve de algo.
‒Pues no llevo una foto suya encima, como entenderás. Un tipo normal: mediana estatura…
‒No, no, déjalo. Tú piensa en él.
Y le puso las manos sobre las sienes. A través de ellas recibió en su mente una imagen clara de Oliveira. Alguien que, en efecto, no hubiera llamado la atención en una convención de vendedores de Tupperware.
‒Muchas gracias por todo, Godoy. Te debo una.  
Godoy estaba considerablemente preocupado:
‒¿Cómo sé que esto no es una prueba de mi lealtad y que no acabo de cagarla?
‒Vamos, hombre, que nos conocemos desde hace muchos años. Entre las cosas que sé de ti está todo lo que has robado a la Autoridad, no me vengas ahora con chorradas.

A una indicación de Morel, Blix paró un segundo en un carril bus, hicieron bajarse a Godoy y reanudaron el camino.
‒¿Y qué hacemos ahora? ‒preguntó ella.
‒Gira en la próxima y busquemos un parking. Necesito un café.
‒Vale.





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