The Hellstown Post

domingo, 2 de julio de 2017

EL VAMPIRO (Relato)



El vampiro yacía en el suelo de la habitación, malherido. Las profundas puñaladas en el vientre con la daga bañada en agua bendita habían dado resultado, pero se recuperaría pronto, así que Alex tenía que darse prisa. Se inclinó sobre el ser maldito, que con casi inaudible voz pedía clemencia ‒la que él tantas veces no había demostrado‒, y le colocó la estaca sobre el pecho, a la altura del corazón. El vampiro apenas pudo elevar ligeramente una mano y emitir un débil «no» antes de que golpeara la estaca con el martillo con todas sus fuerzas y se la hundiera diez centímetros en el cuerpo. A ese golpe les siguieron otros dos, hasta que estuvo dentro del todo. Tan solo un gemido, con el primer martillazo, y el alma de la criatura de la noche abandonó ese cuerpo, camino del infierno. Alex lo había conseguido. Había derrotado al vampiro. Él y su gente estaban por fin a salvo.

Semanas atrás, el nosferatu se había instalado en el vecindario. Se acababa de mudar, procedente de alguna pequeña ciudad del oeste, Alex no recordaba cuál, y apenas traía un par de maletas; era obvio que se movía mucho y no echaba raíces en ningún lugar. Alguien sin ataduras que se desplaza constantemente. Desde el primer momento, Alex notó algo raro en el enigmático personaje. Quizá era su mirada, profunda e intimidatoria; o su forma de hablar, parsimoniosa y con tanta seguridad. Fuera lo que fuera, a Alex le producía rechazo, de hecho le ponía la piel de gallina. Pero los demás no parecían darse cuenta; cayó muy bien en la comunidad y fue ampliamente aceptado desde un primer momento, e incluso se celebró una cena en su honor. A Alex eso le molestó, porque a él no le brindaron semejantes honores cuando llegó, unos años atrás. Era evidente que aquel personaje ejercía una extraña atracción sobre sus nuevos vecinos. Parecía influir sobre ellos. Incluso Vega, tan escéptico y crítico siempre, y con el que todos tenían mucha confianza, le dio una patente aprobación. 

No llevaba ni una semana allí cuando el vampiro empezó a rondar a Gloria, por la que Alex sentía un cariño muy especial. Fue entonces cuando notó algo más claro, más específico que su inicial desconfianza hacia aquel tipo tan engreído: una tarde, estando todos reunidos en la cafetería, tomando algo y viendo el partido de fútbol que ponían en la televisión, Alex se fijó ‒aquel cerdo ponía su mano en la cintura de Gloria y ella parecía tranquila y sonreía y hablaba animadamente‒ en que el tipo, el tal Gabriel, ¡tenía un extraño resplandor rojizo en los ojos! ¿Es que los demás no se daban cuenta? ¿Tan ciegos estaban a la naturaleza de aquel intruso que tan hábilmente se había infiltrado en su comunidad? Alex no dijo nada, sin embargo; se propuso observar detenidamente a Gabriel y recabar evidencias. Sólo cuando estuviera seguro de lo que empezaba a pensar, se lo comunicaría a los demás.

Durante las semanas siguientes, Alex mantuvo un ambiguo trato con Gabriel, a veces fingiendo cordialidad para acercarse a él, y veces llevándose bruscamente y mostrando una abierta suspicacia hacia él. No le importaba lo que pensara; él intuía su secreto y las oscuras intenciones que lo movían, y en caso de confirmarse haría lo que tuviera que hacer. Entretanto, aquélla era su técnica para acercarse a él, para desconcertarlo y que no lo viera venir. Quería despistarlo, pero a la vez hacer que se sintiera inseguro, desconcertado. A Alex no lo calaría como a los demás, tan ingenuos. Gabriel sería el cazador cazado.

Observó al ser condenado atentamente, en busca de cualquier confirmación de lo que en su interior había tenido claro desde el primer momento, de esa certeza moral que no necesitaba pruebas si no era para convencer a los demás. Aunque breves y poco firmes por separado, fue haciendo unas observaciones que, en conjunto, le dieron los argumentos que necesitaba. En una comida del grupo ‒en la que puso en práctica su deliberada conducta ambigua, para despistar al vampiro‒, se fijó en que Gabriel apartaba los dientes de ajo de su plato. Tampoco parecía muy dispuesto a entrar en la iglesia del barrio, y cuando le contaron que Jessica, una de las chicas, había adoptado el catolicismo y se había bautizado, puso cara de circunstancias. Una vez que coincidió con él en los lavabos ‒a propósito, por supuesto‒, se fijó en su reflejo en el espejo. De hecho, se reflejaba, pero a Alex le dio la impresión de que el reflejo era turbio, imperfecto, como si no devolviera la cara que tenía frente a sí, sino otra distinta. Era difícil de explicar, más una intuición, algo a flor de piel, que otra cosa; pero, aunque los rasgos fueran los mismos, la expresión era diferente, malévola, como si se riera del mundo y tramara algo perverso. Aquel hombre era todo un señor Hyde. En cuanto a la luz del sol, no le hacía daño, pero tampoco se le veía muy partidario de pasear al aire libre y siempre ponía alguna excusa para quedarse a solas leyendo o viendo la televisión hasta caída la tarde. Entonces, sí que disfrutaba saliendo y tomando algo con los demás y charlando. Tenía un claro influjo sobre las mujeres y Alex varias veces lo vio ‒con alarma‒ desaparecer acompañado por alguna de ellas. Aunque se ponía muy nervioso y trataba de avisarlas, no le hacían caso y se reían y decían entre sí «ya está Alex con sus cosas de siempre, no le hagas mucho caso». Pese a que después las buscaba con alguna excusa y parecían estar bien, sanas y salvas, él notó que al día siguiente estaban más pálidas, como si les faltara sangre, y su comportamiento hacia Gabriel cambiaba y se hacía… servil, por decirlo de algún modo. Quedaban muy predispuestas hacia él. Le dolió especialmente que una de ellas fuera Gloria, a la que tenía por una estrecha amiga, pero que ya no se relacionaba con él como antes. Alex le contó todo lo que sabía a Vega, pero éste no quiso escucharlo, deslumbrado como había quedado por Gabriel. También había caído en su hechizo.

Alex vio cómo todo su pequeño mundo cambiaba lenta, pero perceptiblemente, y temió que en breve, cuando sólo unos pocos más estuvieran seducidos por Gabriel, éste empezara a matar y desapareciera para empezar de nuevo en otro sitio. Así que Alex se decidió a hacer lo que tenía que hacer, dado que sólo él parecía darse cuenta del peligro y los demás no le hacían caso cuando les insinuaba, llevándolos aparte, que se trataba de un vampiro. Un hombre ha de actuar guiado por sus certezas, no puede esperar el beneplácito de los demás cuando todos están subyugados por las apariencias.

Aquella noche fue a ver a Gabriel con el pretexto de hablar con él de un tema importante. El vampiro ya tenía que saber que iba a por él; no se le podía haber escapado que tenía a un conocedor de su secreto justo encima, pero Alex fue más inteligente, o quizá simplemente más rápido. Antes de que tuviera tiempo de usar sus poderes, le clavó en el vientre varias veces la daga con la que se había hecho días antes, tras informarse sobre cómo acabar con los chupasangres, y que había hecho bendecir para la ocasión. Gabriel no pudo ni gritar y ya estaba en el suelo, empapado en la sangre robada a sus víctimas, para cuando Alex le hundió la estaca en el corazón y acabó con él. Un chorro de sangre del no muerto salpicó su rostro cuando golpeó con el martillo, y en ese momento sintió una especie de éxtasis. Supo que era la sensación que alcanzan todos los que consuman la Justicia de Dios.

Ahora Alex descansa, con su camisa de fuerza, en una habitación del Hospital de Salud Mental de Nuestra Señora de la Misericordia, pero ya no en su habitación de antes, en el pabellón de mínima seguridad (sala común, libros y revistas a su disposición, televisión, juegos de mesa, paseos por el jardín en compañía de los demás…). Ahora está en el ala de los peligrosos, y es vecino de asesinos, violadores y perturbados graves que se autolesionan. La prensa se ha hecho amplio eco de la noticia, carnaza de primera para la prensa amarilla y los programas de televisión sensacionalistas. Los hechos están en boca de todo el mundo, pocos días después del luctuoso suceso: cómo un paciente del psiquiátrico asesinó de forma excepcionalmente violenta a otro del mismo pabellón, que había sido ingresado semanas antes voluntariamente para una cura de reposo. Al parecer estaba celoso de éste. El homicida, que padecía psicosis paranoica y delirios ‒que se suponían ya bajo control‒, se hizo con unas tijeras de la cocina, aprovechando un descuido de los celadores y del personal de la misma. Luego, siguiendo un macabro ritual privado, las metió en el agua bendita de la capilla y le pidió su bendición al párroco, el cual, ignorante de lo que se avecinaba, se la dio. También consiguió ‒en la caseta de mantenimiento del jardín, cuyo acceso estaba descuidado‒ un martillo y el palo roto de una escoba, que empleó como arma mortal contra el finado. La noche de los hechos, aprovechando el régimen de mínima seguridad de su pabellón en el Misericordia, salió al pasillo y se coló en la habitación de la víctima, la tristemente famosa 227. La indignación de la opinión pública, sin embargo, se ha centrado ante todo en el doctor Vega, el psiquiatra a cargo del ala donde estaban ingresados el homicida y la víctima, y en la dirección del hospital. El primero no vio venir lo que ocurrió a pesar de que, según han contado el resto de pacientes y las enfermeras, el agresor había mostrado claros síntomas de un brote desde hacía días. La segunda no tomó todas las medidas para impedir que un paciente se hiciera con herramientas potencialmente mortales. En cuanto a por qué éste pensó que su víctima era un vampiro, sólo Dios lo sabe.



El vampiro, © 2017 D. D. Puche. Contenido protegido por SafeCreative. 

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domingo, 18 de junio de 2017

LA MÁQUINA DE LAS ALMAS (Relato)



La máquina vibraba suavemente, en pulsaciones regulares acompañadas de un resplandor suave y dorado del contenedor. En su interior, a través de los grandes cristales reforzados, se podía ver las almas, que giraban en frenéticos torbellinos y aullaban agonizantes. Por supuesto, nadie podía verlas ni oírlas si no se ponía las lentes y el audífono, conectados a la máquina por un denso haz de cables, que había diseñado el profesor Wetford. Con una gruesa lente carmesí sostenida frente a su ojo izquierdo y la caracola del audífono en su oreja derecha, Lusie parecía una de esas modernas telefonistas, le pareció a Henry. En su cara vio una mezcla de fascinación por el milagro de la ciencia y la industria que tenía delante, y a la vez de horror por los límites que se habían traspasado. Al fondo de la gran sala, los enormes pistones que emergían de la caldera de vapor subían y bajaban acompasadamente, haciendo girar la dinamo que producía la electricidad que devoraba el demoníaco ingenio.
‒¿Qué le parece?
‒Es increíble. Nunca había sentido lo que siento ahora… me tiemblan las piernas ‒respondió Lusie.
‒El trabajo de Wetford es absolutamente asombroso. Sólo él podía diseñar algo así.
‒Ha debido de costar una fortuna.
‒Ni se imagina. Varios de los industriales y banqueros más ricos de Londres, como el padre de usted, han invertido cientos de miles de libras en fabricar la máquina. Pero creo que el resultado los dejará más que satisfechos. Naturalmente, sus inversiones están protegidas por el más estricto anonimato.
‒Es que no puedo creer lo que veo y oigo. ¿No le dan lástima?
‒¿Las almas? Supongo que sí… no he pensado mucho en ello.
‒Parecen estar sufriendo.
‒No creo que podamos entender lo que tenemos delante. Sólo entendemos reacciones físicas, en realidad. Siempre. Miradas, palabras, movimientos corporales. Puede que respondan al alma que está tras ellos, pero lo cierto es que sólo percibimos cuerpos. Enfrentarnos a las propias almas, desnudas, despojadas de su envoltura, es algo que desborda nuestra comprensión. La máquina nos permite percibirlas, pero no sabemos qué pueden sentir ellas, libres de sus cuerpos, etéreas.
‒Y, sin embargo, atrapadas en este mundo.
‒La hipótesis que la máquina nos permite formular, si no me equivoco, es que no existe otro mundo. Todo está aquí. Hay materia y espíritu, pero coexisten en un mismo plano. No hay un más allá al que las almas puedan ir, y eso nos lleva a preguntarnos también por su procedencia.
‒¿Qué quiere decir?
‒Deduzco que las almas pertenecen a este mundo, como cualquier otra cosa real. Átomos, luz, energía, espacio y tiempo… a las magnitudes que estudia la ciencia, la física, habría que sumarles el espíritu. Es una magnitud más, pero hasta ahora no teníamos forma de estudiarla, porque no podíamos percibirla, ni por tanto experimentar con ella, definir sus parámetros, medirla. La máquina de Wetford nos permite hacerlo.
‒Y por tanto, ¿de dónde procede esa… sustancia espiritual?
‒Pues, desde luego, ni de Dios ni cielo alguno. Pertenece tanto a la naturaleza como todo lo que podemos observar. Quizá sea algo que segregan los cuerpos, por así decirlo.
Lusie se quedó pensativa unos segundos.
‒¿Cree entonces que la máquina refuta la existencia de Dios?
‒Eso creo, en efecto. El concepto de Dios tiene que servir para explicar algo. Pero si todo puede explicarse sin él, no es necesario en absoluto. 
‒Una lástima que el propio Wetford ya no esté entre nosotros para decirnos lo que piensa. El padre del ingenio es probablemente quien tendría algo más interesante que decir.
‒Sí, es trágico que muriera de esa forma.
‒En tan tristes circunstancias...
De nuevo, Lusie calló un momento, antes de decir:
‒¿Cree usted que ahora Wetford está ahí dentro?
‒No lo sé. En el contenedor hay muchas almas, quizá un millar, pero sólo las que las turbinas han sido capaces de absorber. Su radio de acción es de algo menos de media milla. Podría estar, ciertamente; su casa, donde murió, cae dentro de esa distancia. Sin embargo, tampoco sabemos si la máquina captura todas las almas en ese radio, porque no podemos saber nada de las almas que no están en el contenedor, ni siquiera si existen.
‒Puede que cuando aprendamos a comunicarnos con las almas del contenedor podamos saber quiénes fueron, y si hay suerte, dar con Wetford y hablar con él. Sería clarificador. Mucho mejor que cualquier sesión de espiritismo.
‒Espero que algún día podamos hacerlo, pero va a ser extremadamente difícil conseguirlo, si es que es posible. No tenemos una piedra de Rosetta para esto. No obstante, sería inmensamente irónico que usáramos la máquina del profesor para comunicarnos con él tras su muerte.
‒Quizá eso nos dé la clave para entenderla, ¿no cree?
‒No lo sé, señorita Bradshaw. No me atrevería a decirlo. 





La máquina de las almas, © 2017 D. D. Puche. Contenido protegido por SafeCreative.

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martes, 6 de junio de 2017

BOOKTRAILER DE GALAXIA ERRANTE

 

Presentamos el booktrailer de Galaxia errante. Una colección de relatos de ciencia ficción, terror y fantasía.

 

Galaxia errante rinde homenaje a los clásicos de estos géneros: Lovecraft, Philip K. Dick, Borges, etc. Todo un viaje al interior de la mente humana.






Galaxia errante © D. D. Puche, 2017. Puedes comprar el libro en Amazon, tanto en papel como en Kindle, y en otras librerías online, en el resto de formatos ebook.

viernes, 2 de junio de 2017

EMPIEZA A LEER Y NO PODRÁS PARAR


Noche de terror en Hellstown

Prólogo
Aclaración para mis jóvenes lectores


Hola a todos. Me llamo Samuel, Samuel Adam Robinson, pero en casa siempre me han llamado Sammy, o sencillamente Sam (incluso hoy día mi mujer me llama Sammy cuando va a darme alguna mala noticia). Si ahora vengo a importunaros, aquí entre estas páginas, es porque creo que tengo alguna que otra buena historia que contaros. De hecho, tengo un buen puñado de magníficas historias, y no es que quiera presumir, ni dármelas de interesante, es que, de verdad, de verdad, son muy buenas.
Si me animo ahora a contaros ésta es porque dio inicio a una etapa maravillosa de mi vida, allá por mis diez o doce años de edad. Por eso, y porque mis hijos tienen actualmente esa edad, concretamente trece y nueve años; y me parece que dejarles por escrito mis aventuras infantiles puede interesarles, si no ahora, sí dentro de un tiempo, para que cuando tengan mi edad sepan valorar con alegría y quizá algo de nostalgia esa época de la vida que da pie a tantas cosas. Espero que a vosotros os interese mucho más que a ellos, que me consideran un carroza, un anticuado (sobre todo cuando me pongo a escuchar mis viejos discos de vinilo y ellos me dicen que todo en digital es mejor. ¡No saben lo que se pierden!).
¿Qué deciros de lo que os vais a encontrar en las siguientes páginas? Lo primero que debería explicaros es que los hechos se produjeron en el lugar donde yo vivía, en un barrio a las afueras de una gran ciudad de la costa este de Estados Unidos, llamada Hellstown. Pero no os preocupéis por ese nombre: quien se lo puso debía de ser algo dramático… En realidad, yo vivía en el típico barrio de clase media, formado por casas con su jardincito, su valla blanca, su garaje, sus árboles… Con niños siempre jugando en las aceras o la calzada, los chicos subiendo por el tejado hasta la habitación de sus amigos o su novia, y sus largas horas de tiempo libre, sobre todo en verano, debido a las jornadas de nuestros padres.
Otra cosa que deberíais saber es que lo que voy a narraros sucedió cuando yo tenía una edad, digamos que… algo impresionable (como espero que os impresione a vosotros), y puede que alguno de los hechos que os cuento no fueran del todo como os los cuento. Pero si no puedo aseguraros que mi edad de entonces y mi memoria actual os narren todo tal y como fue, lo que sí puedo prometeros es que todo cuanto os cuento es esencialmente verdad.
¿Y qué más decir? No quiero aburriros con largas introducciones, así que lo único que quiero añadir es que todo esto sucedió allá por los años ochenta del siglo XX, y como todo el mundo sabe los ochenta fueron la década más prodigiosa de la historia de la humanidad. ¿Qué no podía ocurrir?


1
Una reunión nocturna


Todo comenzó una estupenda y soleada mañana de primavera. Recuerdo que era soleada porque yo iba con los pantalones cortos de jugar al fútbol, y como es normal en los niños de esa edad, llevaba de rodillas para abajo todo embarrado. Ese día salíamos los chicos algo antes de hora, ya que a mitad de mañana casi toda la clase salía de excursión hacia una fábrica de ordenadores. Las computadoras eran una cosa extraordinaria entonces, que servían para hacer cálculos, escribir y no sé qué más. Yo no tuve mi primer ordenador hasta mucho después, pero ya entonces era algo importante. Como casi todo el curso iba, los niños que no fuimos pudimos salir antes, para que no diéramos más clases que el resto (y sospecho que porque los profesores no querían cuidar de los pocos gamberretes que quedábamos).
Yo estaba con mi inseparable amigo Frog. Por supuesto ese no era su nombre, pero todos le conocíamos así desde siempre. Tenía mi amigo una cara y una mirada curiosa, como la de alguien que descubre constantemente cosas nuevas a su alrededor. Era un chico inventivo, que siempre o casi siempre llevaba una gorra y una mochila a la espalda; pero no la mochila del colegio (pues siempre dejaba todo el material escolar en la taquilla) sino una mochila donde solía llevar “sus cosas”, como veréis. Todo lo que puedo contaros de mi amigo Frog es poco, y con sólo deciros que éramos uña y carne os lo digo todo. De hecho, no teníamos ninguno de los dos muchos más amigos, por lo menos no tan buenos, así que pasábamos juntos casi todo el tiempo que nos dejaban nuestras obligaciones familiares y, claro, los deberes de la escuela (si no hacíamos los deberes podíamos pasar más tiempo haciendo el tonto, pero eso tenía desagradables consecuencias al día siguiente).
Frog, cuyo verdadero nombre era… ¡uf!, ahora no recuerdo, porque siempre le llamábamos todos así, incluidos los maestros o sus padres (aunque al principio le molestaba pronto se sintió a gusto con su apodo como si fuera verdadero nombre), era el tipo más impredecible que uno pudiera imaginarse: siempre aparecía de pronto, sin avisar, por mi casa, entrando por la ventana de mi cuarto, trayendo el último invento, la última noticia, o el último disco, película, o por supuesto cómic que apareciese, antes de que nadie más se enterara. Siempre estaba al cabo de todo, de un modo que para mí era inexplicable, pero ciertamente entretenido. Casi podría decirse que toda mi información acerca del mundo procedía de él. En ese sentido yo era más soñador.
Pues como os decía, salíamos juntos del colegio, y debíamos esperar allí a que nos recogiera mi hermana mayor, Chloe. Ella venía del instituto que estaba a espaldas del colegio, y realmente le reventaba tener que recogerme para llevarme a casa, pero es que estaba a un buen trecho de distancia, y mis padres así se lo habían ordenado (no porque temiesen que a mí fuera a pasarme algo, sino al contrario, para evitar que Frog y yo hiciéramos alguna trastada a algún incauto vecino). Si yo tenía un amigo inseparable, lo mismo podía decirse de mi hermana, que siempre estaba con su amiga Laura, una chica con gafas, más bien tímida, que en realidad encajaba poco con ella, pero se querían un montón. Nos es que a mí Laura me cayera mal; lo que no entendía es cómo cuando llamaba por teléfono a mi hermana podían estar tanto, tanto hablando sin parar. ¿Qué tendrían que contarse, si se veían todos los días? Ahora que tengo una hija sucede lo mismo, pero por fortuna tiene un teléfono móvil.
Mi hermana era muy tonta y repelente. No, os miento. Era una chica encantadora, muy maja. Hoy sigue siendo una gran mujer. Pero por aquella época yo tenía unos diez años, así que mi relación con mi hermana, a la que a menudo le tocaba ser la autoridad sobre mí cuando no estaban papá y mamá (y no porque a ella le hiciera ninguna gracia esa situación), la convertía en el perfecto blanco de mis bromas, como esconderle las cosas, pintarle la ropa, o chincharla en general y sin motivo alguno. Ahora entiendo que eso eran tonterías de niño pequeño. Supongo que yo quería llamar su atención de alguna manera, y esa era en cierto modo mi forma de mostrarle mi amor (una forma muy, muy rara). En cualquier caso, aquella mañana ella iba por los pasillos del instituto con su amiga Laura en dirección a su taquilla cuando unos chicos les dijeron…
Un momento, esperad. Acabo de caer en la cuenta de algo. Os preguntaréis cómo sé yo lo que pasó o lo que dijo no sé quién en un sitio en el que yo no estaba… Veréis, hago este pequeño paréntesis para explicaros que muchas veces, aunque cuente algo de alguien o de una situación en la que no estaba presente es porque después, preguntando, he podido más o menos reconstruir de forma fidedigna cómo sucedieron las cosas. De verdad, os aseguro que no me lo estoy inventando. Hecho este pequeño paréntesis, puedo volver por donde iba. ¿Y dónde era? Ah, sí…
…Un grupo de tres chicos, apoyados en sus taquillas, con sus cazadoras del equipo de fútbol americano, les sonrieron al pasar, y el más guapo de ellos, Jesse, que era precisamente el que le gustaba a mi hermana, le dijo:
‒Oye, Chloe, ¿sigue en pie lo de esta noche?
−No sé, Jesse, me da un poco de miedo…
−Vamos, no seas así. Iremos los tres; si pasa algo os protegeremos a Laura y a ti.
−No sé si fiarme… Y a Laura no le caen nada bien tus amigos.
−¿Es verdad eso, Laura?
Laura sólo torció el gesto. Eso era un sí.
−Bueno, no te preocupes por ellos –siguió Jesse−, lo importante es pasar un rato divertido, ¿no?
−Sí, supongo…
−¿Eso es un sí?
−Supongo… −a mi hermana no costaba mucho convencerla de hacer algo que ella quería hacer.
−¡Estupendo, nos vemos a las nueve! –y cada uno siguió su camino, mi hermana con Laura hacia la puerta del colegio para recogerme, y Jesse con sus amigos adonde fuera.
Eso que querían hacer esa noche era jugar a la ouija… si a eso se le puede llamar jugar. Debido a lo que pasó después yo os recomendaría no tocar para nada esas cosas, porque entrañan ciertos peligros que no comprendemos bien. Y cómo no, esos peligros dieron lugar a lo que sucedió después; pero no adelantemos acontecimientos. En cualquier caso, la ouija no es un juguete.
Pues sí, aquella noche nuestros padres estaban fuera de casa. Habían tenido que ir a un congreso de negocios a otra ciudad, y dejaron a mi hermana a mi cargo, lo que significaba que nada bueno podía pasar. Y lo que inevitablemente tenía que pasar era que Frog viniera a pasar la tarde y a dormir. Además, no teníamos apenas deberes, con lo que pudimos cazar bichos en el jardín, jugar con su último invento (un lanzapatatas, con el que una lámpara muy querida por mi madre no salió muy bien parada), y hacer experimentos en el horno con mis soldaditos de plástico, entre otras muchas cosas. Laura llegó más tarde, ya para la cena. Laura siempre llegaba en el momento justo en el que la pizza llegaba a casa, y yo siempre sospeché que tenía controlado de alguna manera al repartidor, pues aparecía para zampar como un reloj.
Que estuviera ella allí nos dio un motivo adicional para chinchar. Sobre todo a Frog. Lo que os voy a contar es un pequeño secreto, no lo digáis por ahí… pero la verdad es que a Frog le gustaba un poco Laura. Ella, con sus gafitas redondas, sus jerséis de punto, y su aire a la vez sabio y despistado, resultaba encantadora. En cualquier caso, Frog no tenía nada que hacer, pues mi hermana y ella nos sacaban varios años, y como todo el mundo sabe a las chicas les gustan los chicos mayores que ellas, no los menores. Sin embargo, Frog no perdía la esperanza de conquistarla, o al menos de impresionarla algún día. En cualquier caso, como le gustaba, y éramos unos niños, su única forma de demostrarlo era molestándola todo lo posible, reírse de ella, de sus gafas, sus andares, su ropa, su forma de hablar, su pelo, o lo que fuera. Sí… los niños son muy raros.
Y en esas estábamos:
−¡Laura se va a comer toda la pizza! –me quejé, indignado−. ¡Así está de gorda!
−Yo noztoy godda, ibécil− dijo con la boca llena de pizza.
Aunque mi hermana era más guapa que ella, Frog nunca prestó la menor atención a Chloe, por lo que se libró de que le disparara miguitas de pan mojadas con la pajita de refresco.
−¡Estate quieto, cerdo! –le gritó mi hermana dándole un manotazo en el hombro. Y tú, Laura, deja de comerte la pizza, que aún no han venido los chicos y es para todos…
−Sólo la estaba probando… −le contestó a la vez que tragaba.
En ese preciso instante, y mientras Frog estaba a punto de hacer alguna otra travesura, sonó el timbre (pese a que en las típicas teleseries la gente siempre entra por la puerta sin llamar, así, sin más, yo os aseguro que las puertas de las casas suelen estar cerradas y la gente tiene que llamar al timbre si quiere entrar).
Al parecer eran los chicos, que ya llegaban. En cuanto el timbre sonó, a mi hermana se le iluminó la cara, y esbozó una amplia sonrisa de oreja a oreja, dando palmas y todo y corriendo a la puerta. En ese momento yo no entendí por qué. “Si sólo son unos chicos, son como nosotros…”, pensé mirando extrañado a Frog, que en ese momento tenía un bote de nata montada en una mano y uno de sirope de chocolate en la otra.


2
El tablero de ouija


Mi hermana se recompuso, se atusó el pelo, y abrió la puerta.
−Pasad, chicos. Hola Jesse −dijo algo sonrojada.
−Hola, Chloe –contestó él, sonriente, al pasar−. Traemos unas cervezas que le he cogido a mi padre.
−¡Genial! −contestó de forma inesperadamente alegre Laura, desde la cocina.
Pasaron al salón, donde se pusieron cómodos, y naturalmente mi hermana nos echó de allí. Pero como no teníamos otra cosa mejor que hacer, les espiábamos desde el pasamanos de la escalera que subía al piso de arriba, intentando desentrañar su extraño comportamiento. Sonreían mucho, mi hermana no dejaba de tocarse el pelo, Laura tenía cara de pocos amigos (aunque después de beber dos tragos de cerveza eso fue cambiando), y los otros dos chicos, que eran gemelos, se turnaban para intercambiar frases con Laura, que pasaba de ellos olímpicamente.
Nos dejaron a Frog y a mí dos trozos de la pizza familiar, y todo el batido de chocolate que pudiéramos desear (con la intención, claro, de que no molestáramos). Al rato, ya caída la noche, sacaron la ouija, que era un tablero plegable, lleno de letras y números, y algunas palabras simples, como “si” o “no”, “verdadero”, “falso”, etc. Ni Frog ni yo sabíamos entonces qué era aquello de la ouija, aunque hubiésemos oído alguna vez mencionarla. Pensábamos que sería alguna cosa divertidísima y curiosísima, pero después de ver que no era nada más que un cartón con letras nos desilusionamos un poco (“¿encima hay que leer?”, preguntó Frog). Pero aun así seguimos curioseando, buscando la forma de entretenernos, y si fuera posible, de arruinarles la noche a todos, como corresponde a un buen hermano pequeño.
−Está bien, creo que podemos comenzar –señaló Jesse.
−¿Estás seguro de esto? −preguntó mi hermana, algo temerosa−. Quizá podríamos simplemente escuchar música y charlar…
−¡Ni hablar! Vamos, será divertido. Podremos hablar con un espíritu.
−Yo podría traer algo de picar de la cocina –indicó Laura.
−Necesitaremos un vaso –señalaron a la par los gemelos.
Aquí debo hacer una aclaración a todos los jóvenes e incautos lectores que pueda tener. Pese a que en muchos sitios se afirma que los gemelos hablan a la vez, o que incluso si pinchas a uno al otro también le duele, aunque esté muy lejos, eso sencillamente es una tontería. Los gemelos son individuos distintos, y en general, aunque si quisieran podrían, no les gusta hablar a la vez, ni que les confundan entre sí. No obstante, Brad y Chad, que así se llamaban, sí hablaban a la vez, y les gustaba confundirse entre sí, sobre todo a la hora de los exámenes (pues a Brad se le daban bien las letras, y a Chad las ciencias, o al revés, no me acuerdo), y se interesaban por la misma chica (esa noche le tocó a Laura ser objeto de sus atenciones). Así que ya sabéis, los gemelos no hablan a la vez, aunque estos dos chorlitos sí. Sigamos.
Apagaron la luz de la lámpara, dejando la de la cocina encendida, la cual daba algo de luz al salón; pero éste quedó medio en penumbra, dando algo de misterio a la escena. Pusieron el tablero en el centro de la mesa, el vaso encima, y se sentaron alrededor.
−¿No hay que cogerse de las manos ni nada? –preguntó Laura.
−No, tenemos que tener todos un dedo sobre el vaso para poder preguntar algo –le respondió Jesse.
−¡Genial! Así podré seguir comiendo ganchitos con la otra mano.
−Esto no me gusta –dijo mi hermana.
−Tranquila, ya verás cómo no pasa nada –le dijo cálidamente Jesse acercando su rostro al de ella, con lo que los ojos de mi hermana hicieron chiribitas−. Está bien. Tenemos que empezar con un saludo respetuoso a los seres del otro lado, y después preguntemos lo que queramos. Pero mejor si planteamos preguntas sencillas de responder, con un sí o un no, o con una sola palabra.
−¿Así que no podré preguntarles dónde perdí las llaves de casa? –preguntó Laura.
−No, no creo –respondió él.
−¿Y si Elvis está realmente muerto? –preguntaron los gemelos.
−Eso creo que sí –señaló.
−A mí me gustaría hablar con mi abuela –dijo mi hermana, algo melancólica−. Se fue de repente y no pude despedirme. La quería mucho.
−Podemos intentar hablar con ella –le dijo un atento Jesse, cogiéndola de la mano. ¡Cogiéndola de la mano!
−¡La está cogiendo de la mano! –le dije por lo bajo a Frog, a mi lado.
−¡Bah! Eso no es nada: yo cojo mucho a mi hermanita de la mano al cruzar la calle…
−Eso no cuenta –repliqué.
−Ya verás cómo antes de que acabe la noche cojo de la mano a Laura. Apuesta lo que quieras.
−Jamás tocaría a un mono como tú. Si quieres me apuesto mi balón de fútbol contra tus prismáticos.
−¡Dalo por hecho!
Abajo seguían a su rollo, y Jesse inició la sesión:
−Lengua de gato, aliento de dragón, nos presentamos esta noche con respeto y devoción…
−¿De dónde has sacado esa tontería? –preguntó burlona Laura, que no creía para nada en aquello.
−Estaba escrito detrás de la caja… −respondió Jesse, no muy convencido−. Dejadme seguir.
Se puso seriote otra vez, en un tono así como trascendente:
−Ala de murciélago, ojo de serpiente, contestadnos ahora y os ofreceremos un presente.
−¿Un presente? ¿Qué presente? –dijo extrañada mi hermana.
−Aquí dice que puede ser cualquier cosa de buena fe, como una flor, o una taza de cacao. Quizá les podríamos dejar el trozo de pizza que ha sobrado…
−¡Eso sí que no! –replicó Laura indignada.
−Nosotros tenemos una chocolatina –indicaron los gemelos.
−Bueno, eso servirá. ¿A quién no le gusta el chocolate?
−A mí me gusta mucho… pero es que me salen granos… −dijo mi hermana relamiéndose al ver la deliciosa chocolatina, como deseando cogerla y devorarla en aquel mismo momento.
−Bueno, ¿y qué vamos a preguntar? –dijo Laura.
−La verdad, no lo había pensado mucho… −contestó Jesse−. Podríamos preguntar si aprobaremos el examen de matemáticas de la señora Patinkin.
−¡Ésa sí que es una vieja bruja! –exclamaron los gemelos.
−No digas tonterías, no se le puede preguntar eso a los espíritus… Se podrían enfadar –señaló con buen tino mi hermana−. Déjame a mí –y tras decir esto puso su dedo sobre el vaso, en el centro del tablero. Los demás hicieron lo mismo. Laura tuvo que rechupetearse el dedo antes de colocarlo allí, porque lo tenía sucio de meterlo en la bolsa de ganchitos.
−Ya verás −me dijo Frog, y bajó las escaleras mientras yo seguía mirando estupefacto.
−Abu, soy yo, Chloe. Abuela, ¿estás ahí? ¿Puedes oírme?
Todos se quedaron de pronto en silencio, mirando al vaso, ahí, en mitad del tablero, en mitad de la mesa, en mitad del salón, en mitad de la casa. Pero no pasaba nada. Entonces se miraron entre ellos, sólo con los ojos, sin girar el cuello.
−Vuelve a intentarlo –dijo Jesse.
−Está bien. Abuela, si estás ahí sólo quería decirte que te echo mucho de menos, y que me gustaría que no te hubieses muerto y que estuvieras aquí, y que siguieras haciendo esas tartas de cereza tan ricas como antes, y que me leyeras viejas historias como solías, e ir al campo contigo y observar los pájaros y los peces del lago, y verte coser calcetines y bufandas y gorros para el invierno. Abuela, si estás ahí, ¿podrías decirnos si me has oído?
Todos se quedaron mirando el vaso, inmóvil. Entonces tembló un poco.
−¿Lo estáis moviendo?
−Yo no –dijo Laura.
−Yo tampoco −dijo Jesse.
−Nosotros tampoco –dijeron Chad y Brad.
De repente, para asombro de todos, y sobre todo mío, que observaba desde las escaleras con la boca abierta, el vaso comenzó a moverse, al principio muy despacito, y luego más rápido.
−“Hola” –dijo la ouija.
−¡Ha dicho hola! –dijo una súbitamente convencida Laura.
−Espera, calla –le interrumpió mi hermana−. Abuela, ¿hay algo que quieras decirme?
−Entonces el vaso comenzó a deslizarse velozmente por el tablero:
“B”, “e”, “s”…
−Mi hermana aguardaba expectante la respuesta, a la vez que intentaba formar las palabras. Yo también estaba expectante, pues al fin y al cabo era mi abuela, y yo también la quería, aunque no hubiera pasado tanto tiempo con ella. Mi hermana siguió leyendo:
−Besa… Besa a Chad y a Brad. ¡Besa a Chad y a Brad!
Chad y Brad rieron como idiotas.
−Jajajaja…
−¡Sois unos imbéciles! –les gritó ella, y metiendo la mano en la enorme bolsa de panchitos de Laura, se los arrojó con furia a la cara.
−Vamos, chicos, no os comportéis como niños… −les indicó Jesse, algo avergonzado por su comportamiento, sobre todo de cara a mi hermana.
−Todo esto sólo ha servido para desperdiciar comida –murmuró Laura.
Pero mi hermana ya se había metido en aquello demasiado; había puesto sus esperanzas en ese estúpido juguete (bueno, recordad que no es un juguete, chicas y chicos), y quería intentarlo otra vez, esta vez en serio. Así que se puso firme, muy solemne, e incluso encendió una velita y la colocó sobre la mesa, y puso también frente a sí una foto de la abuela que cogió de la repisa de la chimenea.
−Abuela… abuela, si de verdad estás ahí, si puedes oírme… me gustaría que me dijeras si estás bien, o si estás disgustada por algo que yo haya hecho.
Aquel estúpido vaso de vidrio regalado en el McDonald’s no se movió en absoluto, pero la luz de la cocina se apagó de pronto, y todo quedó en oscuridad total, salvo por la vela.
−¡Ah! –gritó Laura asustada.
−Tranquilos, habrá sido sólo un corte de luz –intentó tranquilizar Jesse, con un tono de voz (esperemos que no lea esto) algo tembloroso. Por lo que pude saber después, mi hermana le aferraba fuertemente de la mano.
Entonces, para sorpresa de todos ellos, y mía, empezó a oírse un leve sonido como de aire o viento, que luego se fue intensificando y se sintió claramente como una respiración, o un aliento. Acabó siendo una voz.
−Niiiñooos…. ¡Niiiñooos!
−¡Aaahhh! –se le escapó a Laura, abrazándose a mi hermana. Los gemelos hicieron lo propio entre sí.
El fantasma continuó:
−Niiiñooos… Me habéis despertado de mi eterno descanso…
−¡Oh no! –exclamó mi hermana.
−Me habéis hecho enfadar… me vengaré… −siguió el lúgubre fantasma. La verdad, mi abuela era muy amable y me extrañaba tanta mala leche, pero en aquel momento, con la oscuridad y el ambiente… como que me quedé helado.
−¿Qué podemos hacer? No queríamos molestarte… −replicó mi hermana.
El fantasma pareció pensárselo, porque hubo una pausa.
−Dejadme la chocolatina, y el último trozo de pizza…
−¡Oh Dios mío! –gritó Laura −. ¡Ya me lo he comido!
−Un momento… mi abuela odiaba la pizza –dijo mi hermana recuperando el sentido común.
Entonces se levantó y encendió la luz, y fue al lugar del que procedía la voz, que parecía ser la cocina. Allí, tras la pared, estaba agachado Frog con un cono de cartón en la boca, haciendo una voz fantasmal y tomándonos el pelo a todos.
−¡Maldito idiota! –le gritó mi hermana furiosa, y le dio tal capón que se oyó desde donde yo estaba. Pocos segundos después aparecía Frog en el salón, masajeándose la cabeza, dolorido…
El caso es que aquello de la ouija había sido un fracaso, no funcionaba.


3
La tienda de ocultismo


Todos quedamos un poco decepcionados después de que esa cosa no hubiera servido para nada. Yo me uní al grupo y noté a mi hermana algo triste.
−Podríamos ir a la tienda de ocultismo del centro –dije−. Allí seguro que saben hacer que funcione.
−Tonterías –contestó mi hermana antes de dar tiempo a los demás de decir nada−. Además, está muy lejos, y a estas horas…
−A mí no me parece mala idea: tenemos toda la noche −contestó Jesse−. Además, hemos venido en el coche de mi padre. Podemos ir allí, echar un vistazo, pedir consejo, y estar aquí para las doce. [...]




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domingo, 28 de mayo de 2017

REGISTRO POLICIAL (Relato)


Los cuatro investigadores de la Policía Judicial dieron por concluido el registro y abandonaron el piso de [omitido por motivos de seguridad], quien en ese momento se encontraba ya en dependencias de la Comisaría General de Información, en uno de los cubículos del bloque de detención, con un cepo neural puesto y monitorizado constantemente por el Sistema Nacional de Salud a través de BioNet, para evitar denuncias por malos tratos. Los agentes pasaron bajo la cinta amarilla que precintaba el piso del sospechoso, se despidieron con indiferencia de los dos policías uniformados que lo custodiaban, y bajaron al portal. En el exterior había algo de público, como siempre en estos casos: geeks y curiosos alentados por la Red que venían a transmitir cualquier cosa que pudieran por unos pocos créditos de publicidad y puntos de celebridad. A los agentes les repateaba esa gentuza, pero no podían hacer nada. Era su derecho legal. Eso sí, sus caras no saldrían en ninguna retransmisión o grabación, pues los inhibidores policiales las censuraban ante los videópticos del público, así como distorsionaban sus voces para no ser reconocibles. En las transmisiones sólo se verían siluetas negras con un código policial sobreimpreso.

Todavía dentro del portal, mientras miraban a la calle y les decían por Copcom a los uniformados de fuera que alejaran otro par de metros el cordón policial, y al coche que se acercara ya a recogerlos, el teniente de la Judicial al mando conectó con el juez que había ordenado el registro. El juez, lo vio en su cabeza, sobreimpreso al portal que tenía delante, estaba en ropa de casa, en su cocina, parecía que cocinando algo. No le sentó bien la conexión, se le notaba, pero la aceptó.
‒¿Señoría?
‒Sí, dígame, Martínez.
‒Registro completado, señoría. Las fuentes eran de fiar, hemos encontrado lo que buscábamos.
‒Perfecto. Mándeme ahora mismo el listado de las pruebas halladas y los escaneos de todo; luego les echaré un vistazo.
‒Ahora mismo, señoría. Salimos de camino al depósito a registrarlo todo.
‒En cuanto a las pruebas, Martínez, ¿qué valoración preliminar me hace?
‒Parecen concluyentes. Material explícitamente terrorista. Hemos hallado revistas, libros y otras publicaciones en papel, ediciones clandestinas con bastantes años ya, de temática izquierdista. Redistribución de la riqueza, crítica al sistema sociopolítico, feminismo, y todo eso. Y también había un buen número de cuadernos con anotaciones y diarios en los que parece haber denuncias al gobierno y a la iglesia, una defensa de conductas sexuales no regladas, proclamas en contra de la nación, y diversos delitos más de odio y subversión. El tipo es un romántico, por lo que se ve; le gusta el papel. De todas formas, los técnicos del Departamento están ahora mismo inspeccionando en la Red los archivos asociados a varios códigos de identificación relacionados con el sospechoso. Parece que de esta forma se captaba a nuevos miembros de la célula ideológica. La empresa proveedora del servicio no ha puesto ningún problema, incluso sin una orden; ya sabe, siempre colaboran en este tipo de casos.
‒Perfecto, Martínez. No tengo que decirle lo cuidadosos que debemos ser con la forma en que esta información es obtenida y llevada a juicio. El público lo vigila todo, así que el procedimiento ha de ser inmaculado, no como en el caso Saidi. La transparencia es lo que define a una democracia.
‒Lo tengo muy presente, señoría. Todo se hará con absoluto escrúpulo, no se preocupe. Ese hijo de puta está acabado.




Registro policial, © D. D. Puche 2017. Contenido protegido por SafeCreative. 

Si te ha gustado este relato, quizá te interese leer mis novelas. Aquí tienes mi página de autor en Amazon, donde encontrarás todos los libros que he publicado. 

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lunes, 22 de mayo de 2017

GALAXIA ERRANTE


«Cada mañana, el chip farmacológico subcutáneo descarga en mi torrente sanguíneo la dosis diaria de tetracodina y de sincrozom. La primera deja mis funciones motoras como las de un muñeco de trapo y me induce un relax artificial que me hace indiferente a todo durante horas; si no me siento o me tumbo rápidamente, las pasaré en el suelo. El segundo prepara mi cerebro para una conexión a la Red más rápida y eficiente; ayuda a la asimilación de información e incrementa la sensación de realidad del Psicoverso. Después de diez años de esta rutina, los daños nerviosos y la merma cognitiva y de memoria son ya evidentes, pero eso a ellos no les importa. Me utilizan como un títere, a mí y a todos los demás enfermos; somos la materia prima de la Red, perfectamente sacrificables».

Galaxia errante es una selección de relatos de ciencia ficción, fantasía y terror que ofrecen una reflexión sobre el mundo actual desde la distancia crítica, y hasta irónica, que tales géneros hacen posible.


A la venta en Amazon (papel y Kindle) y en Smashwords (resto de formatos ebook). 


Galaxia Errante
© D. D. Puche.
Grimald Libros.
234 págs. 1ª edición.
Madrid, 2017.
ISBN: 978-1546768852.


galaxia errante d d puche

domingo, 21 de mayo de 2017

TERCERA EDICIÓN YA A LA VENTA

 
 
Un cuento para niños y para no tan niños. Sam Robinson, su amigo Frog, su hermana Chloe y los amigos de ésta, Laura y Jesse, además del "valiente" perro Max, jugarán a un peligroso juego. Lo que al principio parecía un mero entretenimiento con una ouija, pronto se convertirá en una prodigiosa aventura. Se verán transportados, junto al lector, a un extraño, mágico, oscuro y curioso mundo: el Otro Lado. En ese universo paralelo al nuestro, con algunas semejanzas y muchas diferencias, donde habitan criaturas terribles y también otras simpáticas, deberán poner su ingenio y su valor a prueba para volver sanos y salvos a casa. Noche de terror en Hellstown es una novela en la que los jóvenes de ahora, y quienes todavía recuerdan con nostalgia su infancia, podrán adentrarse en un mundo maravilloso donde no todos son lo que parecen ser. Prepárate, estimado lector, para unirte a la aventura de Sam Robinson y sus amigos y viaja con ellos… al Otro Lado.


Tercera edición, ya a la venta en Amazon (papel y Kindle) y en Smashwords (resto de formatos ebook).


Noche de Terror en Hellstown. 
Un cuento para niños y para no tan niños.
© D. D. Puche.
GRIMALD LIBROS. 
201 págs. 
3ª edición. 
Madrid, 2017. 
ISBN: 978-1541370715. 



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sábado, 11 de febrero de 2017

LA LEY DE LOS CAÍDOS (cap. 11)




Dejaron el coche en un parking cerca del metro de Bilbao y salieron a la calle a buscar un sitio para tomar un café. Pese a las quejas de Morel, que decía que ahí sólo servían matarratas, se metieron en el Starbucks que escogió Blix. Aun así ella mostraba cierto recelo:
‒¿Es prudente que estemos tan a la vista?
‒Ya te lo decía ayer: si quieres pasar desapercibida, métete en la multitud más cercana. Entre tanta gente se hace mucho más difícil que te encuentren; en sitios tan concurridos, incluso los Centinelas se confunden y tardan mucho en localizar una huella psíquica concreta. Tienen que ir cribando poco a poco hasta enfocar bien, por así decirlo, y eso si están buscando por aquí, porque tampoco pueden cubrir la ciudad entera a la vez. El proceso es más lento de lo que pueda parecer: a menudo nos hemos tirado semanas buscando a alguien. Creer que alejándote del ruido te escondes es un error: te dejas ver mejor. Lo importante es estar moviéndose todo el tiempo; parar un momento a tomar un café es parte de nuestro camuflaje. Y en el caso de que nos encontraran, en un sitio como éste no pueden actuar con libertad. No van a sacar armas y liquidarnos delante de todo el mundo, con lo que aquí tenemos más oportunidades.

Morel pidió un café con leche y Blix un cappuccino «con cuatro azucarillos», lo que a aquél le pareció una excelente forma de acortarse la vida incluso para un ángel caído. Se sentaron en unos silloncitos en torno a una mesa baja, en una esquina del local y frente a una gran cristalera desde la que veían el tráfago de personas y vehículos de la calle. Morel miraba a su alrededor, examinando a la gente y asegurándose de que no hubiera nadie sospechoso. En todo momento tuvo la entrada cubierta.

‒Vale. ¿Y ahora qué? ¿Qué has sacado en limpio de ese gordo cabrón? ‒preguntó Blix tras darle un sorbo a su cappuccino.
‒Mmm… voy haciéndome una composición de la historia, aunque desde luego aún me faltan piezas para ver la imagen completa. La secuencia sería ésta: Oliveira, en nombre de Balaguer, ha hecho un trato con Moznik, quien le va a traer material muy delicado de algún sitio, probablemente del este de Europa.
‒El que dicen que era para mí.
‒Sí, ése ‒de nuevo, esfuerzos para que su aura no trasluciera ninguna vibración al mentir‒. El que los mismos que querían comprarlo, una vez fracasada la compra, te echaron a ti encima para alejar las miradas de sí mismos.
‒Hijos de puta...
Morel asintió, comprensivo, y prosiguió tras darle un sorbo a su café:
‒Este café es una mierda. Pero en fin, sigo: Oliveira tendría que haber acudido a la Cueva a hacer la compra, pero claro, no podía, al ser mortal; el Otro Lado le está vedado. Así que debió de enviar a un caído, alguien que sí pudiera entrar allí. Alguien de mucha confianza. Moznik no lo conocía, así que podría haber sido cualquiera. Pero la noche en que han quedado, el enviado de Oliveira no aparece, Moznik lo espera, se asunta, y se pira. Y como tiene la patata caliente en las manos, y ya le quema, lo intenta de nuevo a la noche siguiente, a la desesperada, y vuelve a la Cueva. Entretanto, el día anterior no sólo no apareció el intermediario de Oliveira, sino que éste mismo falta a varias citas. Alguien lo ha interceptado y lo tiene retenido o está ya en el otro barrio.
‒Eso le pasa por jugar con fuego.
‒Una gran pérdida para la humanidad… La segunda noche, por tanto, Moznik está ya marcado, y a mí me dan la orden de detenerlo por importación ilegal. Hasta ahí todo parecía de rutina.
‒¿Quién te dio la orden?
‒Buena pregunta, pero imposible saberlo. Me llegó por el conducto ordinario, un mensaje al móvil con un nombre, una foto y la información del sujeto. Me indicaba también la localización donde había sido visto y se creía que podía estar. Esos correos los mandan desde un servidor de la Autoridad, están cifrados y el remitente que consta es un restaurante tailandés. Imposible saber quién los manda.
‒Qué de peli de espías, ¿no?
Morel se encogió de hombros.
‒Hombre, son cuidadosos con estas cosas. Imagínate que alguien pierde un móvil con información de la organización. No hay que dejar migas de pan a los mortales que puedan conducirles hasta nosotros, aunque ni siquiera sabrían qué hacer con ellas.
‒Ya.
‒Quien se encargó de Oliveira es quien mandó cargarse a Moznik. Porque a Moznik se lo hubiera podido cargar cualquiera, era carne de cañón, pero no antes de hacer el intercambio; eso sólo le interesa a quien quiere impedir la venta. Oliveira trabaja para Balaguer, el Secretario de la Autoridad, uno de los Marqueses, que son los que actualmente tienen la mayoría. Eso implicaría que es la facción contraria, los Antorchas, quienes han dado el golpe. Están también los Torquemada, pero no les veo con la iniciativa para hacer algo así. Si los Marqueses son quienes quieren hacerse con la mercancía, los Antorchas tienen que ser los que están detrás de los sicarios. Pero puede que todo sea más complejo, porque si Balaguer actuaba a espaldas de su familia, quizá sea ésta la que haya ordenado silenciar el asunto, por las consecuencias que pudiera tener; tal vez son los Marqueses los que están haciendo limpieza para que nadie más de la Autoridad se entere de los trapicheos de Balaguer. Lo que está claro es que la Autoridad, en cuanto institución, o no se entera del asunto o no se quiere enterar.
‒Damos vueltas en círculos. ¿Cómo nos ayuda todo esto?
‒Espera, que llego al asunto. El intermediario de Oliveira, que tiene que ser un caído, ¿por qué no acudió a la cita? ¿Está muerto, retenido, ha dado una espantada? Piensa lo siguiente: ¿y si apareció? Podría haber estado allí... sólo que no se dio a conocer. Entonces, ¿por qué no lo haría?
‒Estás especulando.
‒Sí, claro, pero, ¿qué remedio me queda? Así es como encontré la llave y la dirección del guardamuebles. En toda investigación hay una fase de especulación; hay que jugar con las hipótesis y ver adónde conducen.
‒Bueno, pues especula.
‒Gracias. Ésta es la idea que me viene a la cabeza: quizá sí estaba allí, pero no se dirigió a Moznik, porque también estaba tanteando el terreno por si había alguien del otro bando, sea éste el que sea. Y en efecto, había alguien más, así que se echó atrás en la compra, o quizá al final lo liquidaron. Si no hicieron lo mismo con Moznik la primera noche fue para conseguir la mercancía, o para ver quién era el comprador, si el otro bando se destapaba. Quién sabe. A lo mejor lo mataron sólo porque yo lo detuve, y Moznik ni de coña podía llegar a comparecer ante la Autoridad, pues cantaría y se sabría quién era el comprador. Sin embargo, la orden de detención vino de la Autoridad: ¿quién la emitió, entonces? ¿A quién le interesaba esa detención? No a Balaguer, está claro; pero no sabemos si él mismo es un bando en todo este asunto. Dar con el intermediario de Oliveira, si todavía respira, sería la clave, porque ése sí sabía en qué bando jugaba.
‒¿Y cómo piensas dar con él?
‒Pues sólo se me ocurre una posibilidad: volver adonde el trato se tendría que haber cerrado. Hay que regresar a la Cueva y preguntar a Ahmed, que se entera de todo y conoce a todos. Si ese tipo estuvo allí, Ahmed tiene que haberlo fichado.
‒Odio ese tugurio. Allí sólo van tirados.
‒Sí, no es precisamente un sitio con clase. Pero es un lugar donde se consigue mucha información.
‒¿Y si nos están esperando allí?
‒No lo creo; ¿por qué? Nadie esperará que vuelva allí. No seguirán el ritmo de nuestras especulaciones ‒respondió, guiñándole un ojo.

Blix permaneció pensativa, la amargura en su rostro, mientras daba otro sorbo a su cappuccino.
‒En cuanto a mí, y suponiendo que salgamos vivos de ésta, ¿cómo tienen que ir las cosas para que mi nombre quede limpio y me dejen en paz?
De nuevo una ola de remordimiento atravesó a Morel, que en ese momento no estaba como para lidiar con los problemas de Blix, pero claro, esos problemas los había causado él, así que algo tenía que decir. Además, no podía permitirse que se viniera abajo.
‒Te voy a ser sincero: la cosa está jodida. Pero si los que quisieron desviar la atención de sí mismos y te escogieron a ti como chivo expiatorio están maniobrando contra la Autoridad, sacándolos a la luz la cólera de ésta caerá sobre ellos, y a ti deberían exonerarte. Tenemos que llegar hasta el final o tú siempre serás la culpable; en cualquier caso, a los dos nos quieren muertos: a ti por ser el chivo expiatorio y a mí como testigo. La ironía es que la Autoridad nos persigue, pero es sin saberlo ni quererlo nuestra aliada en esto, siempre que les entreguemos al culpable, y eso pasa por seguir el plan.
‒Ya... Qué remedio, ¿no?
‒Entiendo que no te haga gracia continuar, pero ya queda poco. Para bien o para mal, queda poco.
Ella asintió con la mirada perdida en algún lugar muy lejano. Luego dijo:
‒Hasta ahora yo no he hecho nada, aparte de acompañarte y conducir. ¿Cuándo tendré algo que hacer? Mis habilidades pueden ser de utilidad.
Eran sus habilidades, ciertamente, lo que Morel había querido de ella cuando fue a buscarla y le contó la trola de que la perseguían a ella:
‒Lo serán, descuida. El momento de que las uses se acerca. Porque, contando con que consigamos la mercancía, vas a tener que meternos en un sitio al que nunca podríamos llegar directamente.
‒¿Cuál?
‒La sede de la Autoridad.
Ella lo miró con una cara de resignada desesperación. Apoyó la palma de la mano contra la frente al tiempo que decía: «claro, bien, ¿por qué no?».

Se acabaron los cafés en silencio. Ya no hubo más conversación relevante. Blix fue al servicio y al volver fue Morel, que sólo entonces se dio cuenta de cuánto se estaba meando. Al regresar a la mesa, todavía a unos metros, se fijó en Blix, sentada entre la multitud que abarrotaba el local. Estaba hablando sola de forma ostensible. Movía los labios y gesticulaba como si tuviera alguien delante, o quizá alrededor, con quien estuviera manteniendo una acalorada conversación. En su cara había esta vez una expresión de ruego, como si pidiera algo. Quizá estuviera rezando, pensó Morel, pero tampoco le dio esa impresión. Había familiaridad en sus gestos. Y su aura estaba curiosamente tranquila en ese momento, más de lo que la había visto antes; brillaba con tonos cálidos en tranquilas ondas que manaban rítmicamente de ella y se deshacían como volutas de humo que ninguno de los presentes, salvo él, podía percibir.




© D. D. Puche 2017. Contenido protegido por SafeCreative.

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